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WALLÄDA LA OMEYA

11 abril, 2021

 

WALLÄDA BINT AL-MUSTAKFI, princesa poeta conocida como Walläda La Omeya

Córdoba, (aprox.)1006- 26 de marzo de 1091

Poeta e intelectual cordobesa, la más célebre de las mujeres cultas de la España andalusí, princesa de la dinastía Omeya hija del califa Al-Mustakfí y descendiente del rey Abderramán III. Su historia de amor con el poeta y visir Ibn Zaydûn logró una de las páginas más brillantes de la poesía hispanoárabe. 

Por Magdalena Lasala.

Nací, por Dios, para la gloria, y camino, orgullosa, mi propio destino. 

Versos de Walläda La Omeya, siglo XI

Walläda La Omeya fue la mujer más célebre de su época, alcanzando por derecho propio la inmortalidad en la historia de la poesía andalusí. Último fulgor de la Edad Dorada de Al-Andalus, Walläda, artista intelectual, culta y brillante en un mundo condenado a su desaparición, es un insólito símbolo de independencia femenina que se anticipó varios siglos, poseedora de una gran firmeza de convicciones, un poderoso sentido artístico y una personalidad irresistible.   

Su nombre Walläda significa “La que alumbra”. Nació en Córdoba en torno al año 1006, si se considera que las biografías medievales indican que murió en 1091 teniendo más de 80 años de edad (otras fuentes indican que tenía 83 años). Era de estirpe omeya descendiente del monarca altomedieval Abderramán III (Córdoba, 891-Medina Azahara, Córdoba, 961), gran califa a quien se debe el esplendor cultural, económico y político de Al-Andalus, llamado así el estado hispanomusulmán.

El padre de Walläda era Muhammad al-Mustakfi, uno de los príncipes que se disputarían el trono califal en las guerras civiles en que estuvo sumido el estado andalusí con la decadencia de la dinastía Omeya y las luchas por la sucesión de la corona. La madre de Walläda era una esclava persa que había sido formada en la Escuela de Cantoras de Medina y cuya excepcional belleza heredaría ella. Le enseñó el idioma griego, la adiestró en la danza y dispuso su inteligencia para el cultivo de la poesía. Walläda destacaría ya a muy temprana edad por sus cualidades intelectuales y artísticas. De temperamento vital, apasionado y rebelde, fue además educada con exquisitez como princesa de la dinastía reinante y formada en las ciencias orientales y la cultura clásica grecorromana. De las esclavas cultas que ejercían como maestras palaciegas, Walläda recibió formación también en las artes de la escritura, música y Gramática, en la composición de poemas, en  Aritmética  y en  Historia, además de instrucción en política y en tareas de administración y dirección de asuntos palaciegos, como correspondía a una joven que seguramente habría de ser esposa principal de algún rey o magnate.

Walläda pasó su infancia y crianza en casa de su padre, el palacio conocido como la Munya del Romano, una gran finca situada en la sierra montañosa de Córdoba que había pertenecido a un rico patricio romano y donde su padre dilapidaba su fortuna como príncipe omeya sin preocupaciones ni escasez. Aunque alejada al principio de la vida de la corte durante su infancia, hasta ella llegarían ya las noticias de la decadencia del estado andalusí, en crisis permanente por la desidia del último rey omeya de línea directa, Hisham II, nieto de Abderramán III. Hisham, dedicado a su vida de vicios e inconsciencia, había dejado el poder y el gobierno en manos de su primer ministro Almanzor (Torrox, Málaga, 939-Medinaceli, Soria, 1002), a quien sucesivamente sucederán en el gobierno sus dos hijos, que sólo acentuaron el descontento de la población por considerarlos usurpadores del trono monárquico. A la corrupción instalada en el gobierno del incapaz califa, se sumaba la corrupción extendida por las clases altas del ejército y los funcionarios protegidos de la familia amirí de Almanzor, por lo que la población sumaba a su creciente descontento su terrible pobreza. 

Almanzor había instaurado su dinastía amirí para perpetuar en el poder como ministros a sus propios hijos, pero en 1009, con la muerte del segundo de ellos (ambos asesinados), y la huida del viejo e inútil califa, se desata la rabia del pueblo que reclama depuraciones y cambios. Durante más de veinte años, se sucederán las terribles guerras civiles entre los adeptos legitimistas (partidarios de elegir un sucesor al trono entre los descendientes de la dinastía Omeya) y los partidarios de abolir la monarquía, junto a luchas internas y golpes de estado entre los propios biznietos de Abderramán III arrebatándose el trono unos a otros. Todo ello desgasta la monarquía y el estado hispanomusulmán llevándolo a la ruina y a la desmembración política sin remedio. Aunque la monarquía califal (Califato) siguió existiendo oficialmente hasta 1031, el deterioro, la corrupción y la ruina llevó a su extinción proclamándose en Córdoba (capital del estado andalusí) una república independiente. El resto del territorio andalusí quedó fragmentado en multitud de reinos o microestados, conocidos como Taifas, que a lo largo de los más de cuatro siglos posteriores siguieron guerreando entre sí y debilitándose, al mismo tiempo que los reyes cristianos iban conquistando y anexionando sus territorios.  

En torno a 1018, cuando Walläda tenía 12 años, la familia había tenido que volver a Córdoba al acabarse los recursos del padre. Córdoba era una ciudad insegura, expuesta a las continuas guerras internas, asesinatos y el pillaje de los soldados de las distintas familias rivales de la ciudad. A pesar de la inestabilidad del gobierno del entonces califa, éste acogería a Walläda bajo su protección como poeta extraordinaria, completando su formación y albergando llegar a desposarla, a lo que ella siempre habría de negarse. Mientras tanto, su padre se introduce en la política y participa en distintas intrigas y engranajes de intereses entre rivales que se disputan el derecho por el trono. 

Ya a los 13 años la joven era muy famosa como princesa poeta. Todos en la corte la admiraban porque componía sus propios versos con maestría y resaltaban además su proverbial belleza. Aunque por su ingenio temprano y una frescura inusuales en una mujer de la época y además tan joven, pues no había querido someter su carácter al recato exigido en las ricas herederas, era también muy criticada entre los ambientes de la aristocracia. La espléndida cultura y la gran inteligencia de Walläda la llevaría a querer poner a prueba su coraje y su habilidad poética midiéndose en encuentros poéticos muy célebres en la corte pero prohibidos para las mujeres reales, obligadas como estaban a la reclusión en el harén familiar como portadoras de linaje regio. Las cantoras eran las únicas cuya presencia estaba permitida en las tertulias poéticas normalmente reservadas a los hombres y en las fiestas sociales donde los artistas demostraban sus habilidades. Las esclavas cantoras fueron de gran importancia en las cortes, y algunas de ellas llegaron a ser muy poderosas. Conocemos algunos nombres porque historias relativas a sus actuaciones o a sus composiciones eran relatadas por los hombres, historiadores, o cronistas, o poetas, que las habían visto. Walläda no iba a conformarse con mostrar su arte poético sólo en el ambiente palaciego reservado al califa y su harén familiar.

Los años dorados de Walläda la Omeya coinciden con el momento político más turbulento de la historia de al-Andalus que culminó en la abolición de la monarquía.  Desde 1010 a 1031 Córdoba se vio asolada por cruentas guerras civiles entre los pretendientes al trono califal. En esos veinte años, hasta trece derrocamientos y nuevos nombramientos de califas se sucederían en el trono, sin lograr la estabilidad política y buen gobierno ansiado por el pueblo, que añoraba el esplendor logrado por el gobierno del estadista Abderramán. Con cada golpe de estado derrocando al anterior califa en el trono, aumentaba la ruina que llevaría al fin del califato. En esos años de oscuridad y decadencia, la figura de Walläda brilla con su luminaria heredera del resplandor de los miembros más célebres de la familia Omeya.  

Walläda fue testigo de las conspiraciones entre familiares de su propia dinastía pretendiendo ocupar el trono vacío de la capital, huido y dado por muerto el incompetente califa Hisham. En 1024, su propio padre, Mustafkí participó en el golpe que derrocó al monarca que en ese momento ocupaba el trono y fue nombrado él mismo nuevo rey, el octavo califa. El padre reinó durante sólo diecisiete meses, hasta que en 1025 fue él mismo derrocado por el siguiente. Mustakfí huyó de Córdoba abandonando a su hija, hasta que fue alcanzado y le dieron muerte. 

Sin padre ni esposo, el destino de Walläda había de ser integrar el harén de vírgenes de buena familia, mujeres heredadas de los califas anteriores y familiares del siguiente monarca. Contaba 19 años. Como portadora de linaje y siendo propiedad de su tío el nuevo rey sucesor de su padre, Walläda debería asumir lo que éste resolviera para ella. En aquel 1025, la joven decidió sin embargo rebelarse a ese destino y salir del harén negociando con su tío la renuncia a su título y condición de princesa y a la mayor parte de su herencia real, a cambio de su independencia como mujer libre. El nuevo califa aceptó, ya que ambicionaba la cuantiosa herencia de Walläda. Fue un escándalo sin embargo entre los aristócratas nobles de su entorno, ya que consideraron como una traición a su linaje real y a su condición noble que ella estuviera dispuesta a renunciar a su título de princesa. 

Tan pronto se vio libre de las ataduras de su rango, Wallada dio todavía más qué hablar a la ciudad de Córdoba, pues ostentó su desprecio por las conveniencias y rechazó el litâm, el velo que debía cubrir el rostro de las mujeres.

Walläda es un insólito símbolo de independencia femenina en un momento marcado por la reclusión casi total de la mujer que es portadora de un apellido y que por tanto está obligada a la sumisión a los parientes varones de su familia y  debe mantenerse oculta o protegida a los ojos de los hombres. Las mujeres de familias principales suelen vivir recluidas en el harén propiedad del señor, su dueño o esposo. Cuando falta la potestad de un esposo, su custodia pasa al otro miembro varón de la familia, un hermano, un hijo o incluso un sobrino, quien adquiere la obligación de su protección y los derechos sobre su existencia. Cuanto mayor linaje posee, más guardada y recluida está, puesto que ella porta la herencia de ese linaje, y eso es utilizado como moneda de cambio para pactos por matrimonio entre familias, obsequios de muestra de confianza y garantía de alianzas políticas. Su vestimenta habitual requiere velo que le cubre bien la parte media inferior del rostro, o por completo desde la cabeza hasta los pies. Sólo se liberan del velo y del enclaustramiento las mujeres de baja clase social que no tienen hermanos varones, o que han llegado a mayores permaneciendo solteras. El grado de libertad femenina aumenta en proporción a la ausencia de abolengo o de recursos económicos.

Se sale de esta norma Walläda, la princesa omeya, pues ella supuso una excepción en todos los órdenes. Ella se quitó el velo, sin más. Entendemos que pudo haber otros casos, pero no hay datos que hayan llegado hasta hoy. 

Con la herencia que le quedaba, Walläda compró una casa palaciega en el centro de la capital y desafiando todas las conveniencias, abrió palacio y Salón Literario de su propiedad para organizar sesiones cultas que reunirían a las figuras e intelectuales más relevantes del momento para disertar sobre poesía, filosofía, política y conocimientos eruditos. Dispuso su salón público para reuniones en el patio interior de la casa que Wallada adornó creando un fastuoso ambiente de esplendor y gusto oriental. Las habitaciones, situadas en el piso superior, eran también elegantes y bien dispuestas, con todo lo necesario para veladas íntimas y apartadas de la algarabía y de la música de los invitados del patio. 

Toda Córdoba se enteró, se escandalizó, murmuró, criticó y rondó las cercanías de la casa de Wallada, tachándola de desvergonzada y de no tener el decoro propio de su nobleza. Además se permitía ceñir su busto con cintas y sedas y pañuelos pintados que realzaban su belleza, lo que también provocó numerosas habladurías sobre su particular manera de desenvolverse y su moral libertina. Siguiendo la moda de los poetas varones de la época, llevaba versos suyos tatuados o bordados en los hombros y los ribetes de sus túnicas: “Nací, por Dios, para la gloria, y camino, orgullosa, mi propio destino”, en el hombro derecho. “Doy poder a mi amante si descansa sobre mi mejilla, y mis besos otorgo a quien los merece”, en el hombro izquierdo.   

Pero en menos de un año, el salón literario de la princesa Wallada era el más famoso en Córdoba y fuera de ella, donde Wallada resaltaba por su cultura, su belleza y su encanto, sus excepcionales dotes para la conversación y su exquisito trato. 

Había desafiado los convencionalismos de su tiempo. Walläda obedeció sólo a su voluntad, por lo cual fue muy criticada y se creó muchos enemigos entre los jueces más ortodoxos de la época, que no podían tolerar su rebeldía y su independencia. Walläda aceptó hijas de hombres ilustres como alumnas, a las que instruyó en el arte de componer versos, enseñándoles los secretos de las rimas improvisadas, la música interna del poema y los estribillos que muchas de ellas divulgaron acrecentando la fama de la princesa poeta, que a pesar de las habladurías, nunca fue deshonesta como explican las crónicas medievales, advirtiendo que aunque tuvo cuantos amantes quiso, nunca fue libertina ni hizo alarde obsceno de sus amores. Lo que sí hizo al parecer fue vanagloriarse de su libertad de mujer, y seguramente eso atrajo las críticas de los muchos que hablaron mal de ella. Aunque sin duda también se procuró enemigos políticos entre los nobles, declarándose defensora de la república como forma de gobierno para el maltratado estado cordobés. Walläda denunciaba sin tapujos la corrupción de la monarquía y de las familias satélites de sus intereses, achacando a sus privilegios mantenidos la ruina del estado y de la población. 

Desde su salón literario, Walläda iba a romper los moldes de la sociedad de su tiempo: hizo poesía, cantó, danzó, instauró modas, protegió las artes y fue mecenas de poetas nuevos; reunió en su derredor a los intelectuales más importantes del momento cautivados por su cultura, su belleza y su elegancia, fue adorada por reyes, influyó en políticos y hombres de leyes consiguiendo su respeto, tuvo detractores y defensores, despreció abiertamente los convencionalismos y las hipócritas apariencias, se enfrentó a los jueces ortodoxos que la criticaron tachándola de indecorosa, de mal ejemplo y de traición a su rango, ayudó con su pecunio a los más desheredados, fue amada y admirada por el pueblo, luchó por sus principios, fue osada y económicamente emancipada, hizo proclama de su rebeldía y de su independencia irrefutable, gozó de total libertad, eligió a sus amantes y tuvo adoradores notorios, y abrió las puertas a los profundos cambios sociales que marcarían el devenir de al-Andalus. En el salón de Walläda se escribieron versos, discursos y teorías, igual que se conversó de filosofía, de medicina o de historia y se implantaron costumbres y estilos de hacer que luego eran repetidas por toda la capital, y sobre todo, se fraguó el futuro político de Córdoba, consumado en 1031 con la abolición del califato y la proclamación de la república.  

En una de esas largas libaciones nocturnas celebradas en su salón literario, Walläda conoció al poeta Ibn Zaydûn (Córdoba, 1003-Sevilla,1071), ya célebre entonces por sus poemas y sobre todo, porque ocupaba un cargo importante en la administración política de Córdoba. Zaydûn era guapo y culto, osado como ella en las destrezas poéticas; sabedor de la maestría verbal de la princesa omeya, pretendió poner a prueba su ingenio provocando sus respuestas rimadas. Se  entabló entre ellos un duelo dialéctico sin precedentes y durante muchas horas y hasta muy entrada la mañana del día siguiente, continuaron recitando poemas y lanzando dísticos y rimas para que el otro contestara, y comenzando estribillos y haciendo gala de saberes poéticos y literarios, componiendo burlas y comparaciones, utilizando hipérboles desmesuradas, citando grandes obras de poetas anteriores, y despertando, con sus respectivas agilidades, las pasiones de los que escuchaban, jaleando unos y otros a ambos contendientes en intervenciones tanto más brillantes cuanto más avanzaba la madrugada.  En la refriega poética, Ibn Zaydûn, que rondaba la treintena, y Wallada, que contaba veintiuno, se enamoraron perdidamente.   

Ambos se entregaron a una pasión amorosa que les permitía componerse mutuamente bellísimos poemas de amor que intercambiaban en billetes escritos donde se citaban, se prometían veladas interminables, se juraban hechizados, se echaban de menos, se pedían respuesta, caían en la melancolía o cantaban con  jubilosa alegría, recordaban las delicias de la cita de la noche anterior, se deleitaban con los versos del otro y se dedicaban las palabras más hermosas encontradas. Wallada acentuó su discreción no tomando en su lecho a ningún otro hombre, y si bien su amor por Ibn Zaydûn era profundo y auténtico, el hecho de ser amantes aumentó la fama de su salón literario y atrajo todavía más visitantes a sus veladas, pues muchos acudían para observar los movimientos de uno y otro, descubrirlos en miradas cómplices de sus fantasías y escuchar los poemas que se entrecruzaban dedicados a su amor y que toda Córdoba aprendía después de memoria.

“Cuando caiga la tarde tu visita espero, 

pues es la noche quien guarda mejor los secretos.  

Siento un amor por ti, que si pudiesen los cielos saberlo, 

no brillaría el sol, ni la luna saldría, y las estrellas, muertas de envidia, 

una a una a robar mis besos hasta aquí bajarían.”

 -Walläda, en un poema dirigido a Zaydûn-

La pasión con Zaydûn regaló a la historia bellísimos poemas de amor, que los amantes se escribían y los mensajeros llevaban y traían, haciéndolos públicos entre las gentes de Córdoba. Fue una relación tormentosa y plena de delirio, muy famosa entre las gentes de la época, y llegó a verse como emblema de la ilusión de renacimiento del esplendor andalusí que tanto deseaban los cordobeses después de tantos años de crisis. Walläda fue símbolo del nuevo tiempo que venía. Córdoba se enorgullecía de los amores entre ella y Zaydûn, y su relación supuso un cambio importante de mentalidad en la sociedad del momento. Mientras ella era aristócrata, Ibn Zaydûn era de origen plebeyo, y Walläda lo había elegido como amante a pesar de que eso se entendía como un desprecio a los nobles ya que no estaba permitida la mezcla de rangos sociales. El hecho de que la poetisa amara a un hombre de inferior condición a la suya se contempló con gran rechazo entre las clases más ortodoxas de jueces cordobeses, siendo perseguida y criticada por ello, pero también le hizo ganar el corazón del pueblo llano. Sin duda el amor entre una princesa y un joven político sin título de nobleza, era reflejo de los cambios que se avecinaban. 

También su ruptura dejó para la historia los más bellos poemas de Ibn Zaydûn, gracias a los que es él considerado uno de los más grandes poetas de Al-Andalus. 

La relación con Zaydûn no terminó bien, Wallada descubrió que Zaydûn se había encaprichado de una esclava mulata que era además su alumna, lo que provocó la violenta reacción de su orgullo, profundamente decepcionada en su amor y en su condición regia. Es probable que hubiera también causas políticas que los distanciaran sin embargo, pues Zaydûn en su ambición por ascender en la escala social, había empezado a defender la causa monárquica buscando un puesto en la corte. Sin un ápice de duda, Walläda abandonó fulminantemente a su amante; prohibió la entrada de Zaydûn en su casa y pasó a satirizar encarnizadamente y en público al antiguo inspirador de sus poemas amorosos, escribiendo ahora para él duros versos donde expresaba su desdén y su desprecio sin tregua. Aceptó la protección del visir Ibn Abdus, enamorado de ella como tantos otros en Córdoba, pero enemigo político irreconciliable de Zaydûn. A la enemistad política entre ellos, se unió la enemistad de sus celos por ella.  Zaydûn utilizó sus versos también como arma política contra su rival, ridiculizándolo despechadamente. 

La monarquía se había abolido finalmente y Abdus, con un alto primer cargo en la nueva administración de la república cordobesa, expropió y encarceló a Zaydûn, que no dejó de criticarlo a la vez que defendía abiertamente la causa monárquica. Fue Walläda quien recomendó a Abdus que debía excarcelar a Zaydûn para evitar que la gente lo viera como un mártir legitimista. Lo mejor era expulsarlo de Córdoba. Abdús accedió al deseo de su amada y ordenó el destierro de Zaydûn, con lo cual éste fue obligado a dejar su ciudad natal. Zaydûn se había arrepentido no obstante de su ruptura con Walläda y pretendió volver junto a ella intentando conseguir su perdón; le rogó clemencia y llamó a su puerta con desesperación, pero no logró jamás que ella volviera a mirarlo al rostro. Más que rabia o rencor contra él, Wallada sentía desprecio y lástima por aquel hombre que no supo disfrutar de su buena suerte, pues tan torpe conducta sólo podía deberse a quien no se cree merecedor de la fortuna de ser amado por una mujer de semejante talla, y precisa perderla para cumplir con el fracaso al que viene destinado.  

En su destierro, Zaydûn recorrió distintas cortes (Sevilla, Badajoz, Valencia), para instalarse finalmente en Sevilla, en 1049, como secretario del rey Al-Mutadid, y después como visir de su hijo Al-Mutamid, el rey poeta. En ese cargo se mantuvo hasta su muerte en 1071, en Sevilla, sin volver a Córdoba. Nunca vería de nuevo  a Walläda, ni tuvo más contacto con ella. 

La princesa cerró el salón literario, rondando sus treinta años de edad, y abrió escuela de formación para muchachas ricas de buenas familias, hijas de nobles y señores ligados con la realeza para instruirlas en las artes del refinamiento, las costumbres elegantes, el cultivo del espíritu y su adiestramiento en poesía y música.

Ibn Zaydûn y ya para siempre, siguió escribiendo a la princesa Wallada poemas bellísimos llenos de lamentos amorosos, melancolía y súplicas de perdón, delirios de abandono imposible de resistir y otros versos de dolor de amante, que lo inmortalizaron como uno de los mejores poetas andalusíes, pero que en nada enternecieron el corazón desengañado de Wallada. Ella no lo perdonaría nunca, y quiso olvidar que una vez lo había amado. Ni una palabra de amor salió ya de su boca. Se convirtió en maestra de reputado prestigio aunque rechazó lujos que ya no le interesaban, conservó escasas amistades, continuó sin hacer caso de habladurías y despreciando las conveniencias oficiales y siguió bajo la protección del visir, aunque nunca se casó con él. 

 

Su existencia, totalmente independiente a las normas de sumisión de las mujeres, suscitó opiniones muy controvertidas; Walläda la Omeya fue célebre y criticada pero lo cierto es que se ganó el respeto y la consideración del pueblo de Córdoba por su generosidad, su inteligencia y su sabiduría. Longeva, vivió ochenta y tres años y murió defendiendo Córdoba del ataque de los almorávides, el 26 de marzo de 1091. Los almorávides eran unos monjes-soldados que provenían de grupos nómadas del desierto de Sahara. Eran integristas de la religión islámica y habían emprendido la conquista de Al-Andalus desde el norte de África, donde unificaron bajo su dominio grandes extensiones al oeste creando el imperio que extendieron con la primera invasión del sur de la península ibérica. Los almorávides odiaban la libertad de pensamiento y de cultura que existía en Al-Andalus, criticando la tolerancia coránica de los Omeya y la permisividad de las costumbres instalada entre sus gentes. Como otros muchos intelectuales, ciudadanos del pueblo llano y defensores de su patria, Walläda La Omeya se enfrentó a los almorávides en las calles de Córdoba, luchando contra ellos, pero sin poder evitar que finalmente conquistaran la capital al día siguiente de su muerte. El dominio almorávide sobre el viejo estado andalusí duró un siglo, sucedido por los almohades.

La fama de Wall?da se debe, no sólo a su belleza, su ingenio y sus cualidades para la poesía y la réplica brillante, sino también a haber inspirado los más hermosos poemas de amor de la poesía andalusí, los de Ibn Zaydûn, considerado el mayor poeta neoclásico de la Hispania andalusí. De hecho, es en la biografía de Zaydûn donde se nombraba a Walläda como inspiradora de su obra, y a partir de ahí su figura suscitó el interés de investigadores y estudiosos de la poesía altomedieval española, para descubrir que ella misma había poseído excepcionales dotes poéticas y que su huella era merecedora de un lugar en la historia por sí misma.  Walläda, se anticipó varios siglos a otras mujeres cultas y notables, influyentes en política, mecenas de poetas y filósofos, célebres también por su belleza e ingenio, artistas multifacéticas y empresarias, como ella, de enorme y apasionado carácter.

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